¿QUÉ ES SENTIRSE JOVEN?

Para entender lo que es sentirse joven, obviamente primero hay que haber vivido como joven pero por otro lado, paradójicamente, es necesario ya no ser tan joven como para apreciar sus ventajas a la distancia. Una persona puede ser joven y no sentirse joven; de la misma forma una persona puede ya no ser joven y sin embargo, sentirse joven y mostrarse juvenil.

Eso depende de la naturaleza de la persona, pero también es posible aprender a ser joven y disfrutar de sentirse así, aún cuando la juventud ya haya pasado. Cuando uno es joven no puede abarcar la mágica dicha de serlo porque su mente está ocupada en cosas que le entusiasman y cree que ese estado siempre va a durar tal cual como ahora.

Sólo cuando pasan los años uno se siente capaz de valorar la juventud, tal como uno suele celebrar el recuperar su salud cuando ha estado enfermo; entonces, cuando “ya no se es joven”… ¿Por qué no disponerse a sentirse joven ahora que se pueden apreciar las cualidades de ser joven?

La palabra “juventud” se asocia al concepto que tenían los antiguos griegos sobre la esencia de radiación energética del planeta Júpiter, así, por ejemplo, “jovial” proviene de esa misma raíz: alegría, optimismo, bienestar, esperanza, son todas características de la radiación de Júpiter.

También así, durante la juventud existe la capacidad de crear y de creer, así como de mantener el idealismo necesario como para estar convencido de que se puede lograr lo que uno quiera hacer, los límites (aún cuando llegarán con el tiempo) parecen tan lejanos que casi no se tienen en cuenta.

Por supuesto que respecto de la capacidad de crear, el joven la va adquiriendo con el tiempo aunque naturalmente sea ésa una de sus características innatas. El joven, por el hecho de comenzar a vivir necesita imperiosamente crear lo necesario tanto dentro de sí mismo como afuera, para encarar la vida con éxito. La juventud lo incita a disfrutar aunque en esta etapa también se hace necesario formarse y prepararse para un futuro, que suele llegar cuando menos se lo espera.

Si recurrimos a los Ciclos de la vida, desde cero a 7 años al ser humano se lo considera niño, donde todo le resulta novedoso y sorprendente y es su primera época de aprender lo necesario como para ir independizándose de los adultos en sus necesidades básicas.

Durante esos años, astrológicamente estará regido (guiado, inspirado, motivado) por el planeta Mercurio, que representa al niño, a su movilidad, a su capacidad de comunicarse libremente, a su habilidad para comenzar a pensar, a experimentar la emoción de las travesuras y a la necesidad absoluta del juego como método eficaz de aprendizaje.

Desde los 7 a los 14 años pasa por una serie de procesos de maduración que le van guiando y se convierte en adolescente, o sea, ya posee ciertas habilidades pero adolece de otras, sobre todo emocionales, que pasa a ser su costado más débil. De a poco se va autodescubriendo como persona.

Se trata de la época de la vida en que astrológicamente lo rige Venus, el planeta del amor, de los gustos, de los afectos. Entonces descubre el valor de la amistad, aprende a diferenciar lo que le gusta de lo que no, comienza a enamorarse locamente y aprende a sentir emociones y afectos, y a reconocerlos como tales.

Desde los 14 a los 21 años el joven ya comienza a diferenciar, a darse cuenta que las cosas tienen doble faz y entonces aprende no siempre por las buenas, que no todo lo que brilla es oro; se trata de la época en que lo rige Marte, el planeta de la acción, del sexo, y de la lucha.

La acción se refiere a que necesita movilizarse hacia formar el adulto que luego será, mientras que el sexo lo deslumbra y sus hormonas hacen que se sienta desbordado y ansioso. La lucha estará en que el joven tratará de conseguir hacerse de un lugar en el mundo de los adultos para obtener las ventajas que ostenta el adulto, y en ese proceso, va dejando de lado “las cosas de los niños” menospreciadas por los adultos, sin comprender el valor de la maravilla que descarta.

Suele cometer el error de reprimir su faz emocional a toda costa en lugar de aprender a administrarla, porque los adultos parecen rechazar los comportamientos emocionales, y en ese proceso cerrará etapas en forma acelerada sin verificar si ya están maduradas apropiadamente; esos cierres apresurados le cobrarán su costo cuando sea mayor, pero él no lo sabe ni tampoco le importa porque tiene la vista puesta en ser reconocido como su par por los adultos.

Luego de los 21 hasta los 28 años, toma conciencia de que el precio de aquello que aspira requiere asumir responsabilidades y que si no se compromete “al modo adulto” los adultos no se lo perdonarán y lo considerán como inmaduro, postergándolo y negándole ese lugar que tanto desea. Es la época en que astrológicamente lo rige Júpiter, planeta de creación, logros, jovialidad, festejos aunque Marte aún sigue ejerciendo sus efectos.

La mujer en este período comenzará a pensar que quiere tener su propia familia, porque por su naturaleza, es con los hijos y en el hogar donde ella se expresa de forma inigualable, donde se sentirá adulta y responsable de su función maternal.

 Cuando se llega a los 28 años se alcanza una etapa muy importante en la que, cuando no se ha obtenido la maduración correspondiente suelen suceder hechos de importancia que obligan a una maduración acelerada, en forma de impacto emocional en las condiciones de vida a fin de que comprenda que la comodidad de la Zona de Confort al final resulta peligrosa. En la mujer se acentúa su personalidad más que en el hombre de su edad; ella madurará más rapidamente porque su instinto maternal se lo requiere.

Saturno, el “profesor” celeste, es el planeta representativo de las responsabilidades, de la madurez, y del comportamiento social adecuado. Se considera que un adulto normal, pasado el ciclo de Saturno, desde los 28 hasta los 35 años, necesariamente ya tiene que haber madurado y se habrá estabilizado como adulto serio y confiable; cuando no es así, hay sin duda un retraso en la maduración de esa persona que merece ser tratado antes de que sus consecuencias sean graves.

Las conocidas crisis de los 28 y los 42 años representan el momento exacto para buscar la ayuda del terapeuta, no sólo para superar esos tragos amargos sino para aprender a manejarse en dichas situaciones: lo que se aprenda ya no será necesario volver a vivirlo. Sin embargo hay personas que no pasarán por los efectos de crisis mayores porque probablemente hayan sabido elegir su rumbo adecuado con anticipación.

En muchos casos cuando no se ha madurado “por las buenas”, Saturno (el planeta de la muerte) afecta al sujeto a crisis en pérdidas personales, tanto en el fallecimiento de alguien muy querido, como en rompimientos graves, separaciones, o incluso hasta llegar a ocurrir su propia muerte.

Cuando la persona no respeta estos ciclos naturales, no solamente su vida se torna caótica sino que socialmente se lo considera poco digno de confianza en cuanto a asignarle responsabilidades. Se lo ve como un rebelde sin causa, alguien “raro”, distinto de lo común y entonces las postergaciones con las que la sociedad lo castiga, lo hacen sentir frustrado y lo tornan aún más rebelde.

En este caso, al apuntar a los culpables, siente que son los demás porque no lo reconocen y no se da cuenta que ése es el precio de no aceptar las normas sociales. Se puede ser independiente  de la sociedad, pero entonces las obligaciones se vuelven mayores y las dificultades deben ser encaradas sin ayuda; es el precio que hay que pagar, y no todos los aspirantes a “libres” se hallan en condiciones de afrontarlos y no todos tienen la resiliencia como para sobrellevarlos sin deformarse.

Aún cuando la persona aún es joven, por su edad el medio social considera que su comportamiento debe ser el de un adulto que ya ha madurado y que es necesario que se integre y tome el compromiso apropiado para que los demás lo tengan en cuenta y confíen en él.

A los 35 años, se siente aún la combinación Marte, Júpiter, y la fuerte presencia de Saturno aunque ya se va insinuando la de Urano, el planeta de los cambios. El joven ya por las buenas o por las malas se ha convertido en un adulto que comienza a comprender que debe dejar el festejo para pensar en él mismo, en asegurar su futuro, en el de su familia (pareja e hijos), pero que además debe hacer algo para sí mismo. Se vuelven necesarios los cambios, auspiciados por la energía de Urano.

Es la edad en que muchas personas buscan lograr un puesto importante en sus tareas profesionales o bien, deciden formar su propio emprendimiento, en plena convicción de que han adquirido capacidad suficiente  y experiencia como para independizarse e incluso, liderar. Este Ciclo numerológico va desde los 35 a los 42 años.

Alrededor de esos 42 años, puede que dos antes y dos después inclusive, el adulto se siente fuerte y capaz como que puede llevarse el mundo por delante sin mayores consecuencias; esto determinará que el mundo le ponga límites y decida hacerle ver que no es tan sencillo como él lo cree, y que si pretende un lugar de privilegio deberá esforzarse mucho, disciplinarse y ganárselo mediante las leyes “de los adultos”.

Los efectos de Urano a esta edad, el creador de Ciclos en la Humanidad,  lo vuelven sumamente creador y expansivo con ideas novedosas, lo que tiene sus ventajas y desventajas, que con el tiempo aprenderá a reconocer; se marca el deseo de independencia y muchas veces, lo siente internamente sin saber qué clase de libertad desea, pero necesita libertad.

Luego de los 42 años, si ha sido capaz de superar las crisis, ya se siente consolidado y confiado pensando que si hasta ahora nada pudo contra él y aún sigue vivo después de todo, seguramente a los 50 años ya tendrá todo encaminado y podrá constituírse en “el dueño del circo” y comenzar a delegar responsabilidades, dedicándose entonces a vivir aquellas experiencias soñadas al principio de la juventud que no ha podido lograr hasta ese momento.

Pero se equivoca, la vida le requiere crecimiento aún a esta edad, y le depara aún muchas lecciones, y sobre todo, aprendizajes de humildad.

El Ciclo termina cercano a los 49 años y si multiplicamos 7 x 7 veremos que obtenemos 49, un gran Ciclo de 7 ciclos. A los cero años hemos nacido de nuestra madre y hemos comenzado la vida; a los 49 años la vida nos lleva a nacer nuevamente, pero “a partir de nosotros mismos” dándonos una única oportunidad de recomenzar con el pie derecho, porque a los 98 (dos veces 49) si es que llegamos, difícilmente estemos en condiciones de hacerlo.

A esa edad, los 49 años, hemos llegado a la hipotética mitad de nuestra vida, y el resto de ella dependerá de lo que hemos aprendido y sembrado en los 49 años anteriores. Aún a esta edad uno puede apresurarse a hacer los cambios necesarios antes de que se produzcan por gravedad y decidirse a realizar lo que yo suelo llamar como “la limpieza del placard”, eliminando todo aquello que no le resulte de utilidad o bien, le sea perjudicial (me refiero tanto a cosas inservibles, conductas perjudiciales, apegos innecesarios, como a personas tóxicas) desprendiéndose de lastres innecesarios y dispuesto a depurar su vida.

Más detalles sobre el tema pueden encontrarse en el artículo de este mismo blog: ¿SABES LO QUE NOS PASA A LOS 49 AÑOS? http://www.elsenderodelser.com/2015/11/19/sabes-lo-que-nos-pasa-a-los-49-anos/

A partir de estos 49 años ya probablemente haya descubierto su primera cana, o sus primeras arrugas, y allí es cuando comienza la persona a observar que muchos rasgos de su juventud han dado paso a nuevas expresiones, y ya empieza a contemplar aspectos que tienen que ver con asegurar la supervivencia al alcanzar la edad mayor.

Hasta ahora, su fuerza y su empuje no conocían límites, pero en este nuevo ciclo de 7 años, hasta los 56 años el individuo pretende asegurarse el futuro, viéndolo como una necesidad más que una aspiración, porque comprende que ha dejado pasar su vida alegremente sin tomar la debida conciencia de ello.

En estos momentos, dependiendo de la Carta Natal de cada persona, así se verán los nuevos sucesos, pero siempre estarán actuando en conjunto las inducciones de Júpiter en cuanto a los beneficios, Saturno en cuanto a las responsabilidades y Urano provocando permanentes situaciones de cambio las que deberían ser interpretadas no como crisis fastidiosas sino como nuevas oportunidades de completar el aprendizaje sobre esta tierra.

Luego de estos años la persona ha ido aprendiendo a administrar su energía porque sabe que ya no puede malgastarla sin preocupaciones como lo hacía a los 30 años, cuando simplemente se encogía de hombros en señal de “qué me importa” pensando que “tenía toda la vida por delante”.

Aquí comienza la importancia de “sentirse joven” aún cuando se note la disminución de esa fuerza arrolladora; la experiencia ahora hace que la persona deje de usar su energía como si empuñara la ametralladora para concentrarse en el uso del fusil como un francotirador.

Cuando joven, la ametralladora le permitía tirar sin necesidad de apuntar porque el efecto de los disparos le llevaba a lograr aproximarse al centro del blanco, guiado por la observación de los impactos. Nadie busca puntería con una ametralladora, simplemente aprieta el gatillo y corrige cuando es necesario hasta lograr el efecto deseado.

Pero ahora la persona ha comprendido el valor del acierto al primer disparo y apunta fríamente haciendo todos los cálculos necesarios, contemplando la posibilidad de errores y sus efectos en el disparo certero. Mide hasta la velocidad del viento para saber en cuánto puede llegar a influir en el destino de la bala, porque ya comprendió que hay factores inesperados que surgen y buscan “pincharle el globo”.

Sin embargo, esto no debe llevarle a menospreciar aquellas características de su juventud: el entusiasmo, la esperanza, la frescura, la alegría de vivir; es decir, no debe dejar que su experiencia en los asuntos de la vida (lo que incluye fracasos y decepciones) le quiten la confianza y la ilusión de fijarse metas en el afán de “cuidar las balas que quedan”, porque cuanto más se preocupe por eso, más pronto se terminará de vaciar el cargador.

A combinar ambos efectos yo le llamaría “sentirse joven”. Se acerca el tiempo límite de la vida, pero ¿porqué no aprovechar estos años que siguen en buscar el logro de aquellas cosas que quedaron en el camino? Por ejemplo, terminar esa carrera universitaria que quedó inconclusa, hacer aquel curso de cocina que siempre estuvimos entusiasmados por hacer y nunca nos decidimos a realizarlo, ir de viaje a aquel lugar que nunca pudimos ir a pesar de que tanto nos ilusionaba, hacernos de aquel modelo de moto o de auto que mirábamos sorprendidos y llenos de admiración…

Y además, contando con la experiencia que nos apoyará con sus límites ¿por qué no desafiarnos a nosotros mismos y decidirnos de una vez, antes de que ya no lo podamos hacer, a encarar aquello que nos hubiera gustado hacer, con el entusiasmo de cuando teníamos 25 años pero que no logramos porque nos faltaba adquirir los medios, la confianza o la experiencia necesaria?

A esta edad madura mencionada lo que más importa es la mentalidad con que se mire la vida; se vuelve imprescindible cerrar los capítulos y las heridas emocionales, sanar las relaciones con nuestros ancestros, liberarnos de los mandatos generacionales, reacondicionar nuestra mente con nuevos procesos de pensamiento, alimentar nuestro espíritu con aquellos conceptos que nos llenen de armonía, paz y bienestar, replantearnos los viejos miedos y reírnos de ellos, aprender nuevas técnicas y conceptos de última generación…

Tener la voluntad y el entusiasmo de encarar nuevas modalidades de vivir puede hacer que nuestro tiempo de vida útil se estire, ya que vivir a pleno es lo único que puede entenderse como vivir; lo contrario es ir acostumbrándose a la decrepitud y la muerte, es rendirse antes de que llegue el momento, aunque bien se puede dignamente morir como los árboles, de pie.

Se debería asimilar que a esta altura ya se está más allá del bien y del mal, porque se ha comprendido que esos conceptos  populares dependen de nuestra particular forma de pensar, que como decían mis abuelos: “no hay mal que por bien no venga”.

O como digo yo a mi gente amiga: “aprender a sacarle el jugo a las piedras”, y de ese modo, felizmente servirse de esa piedra que alguien que no lo quiere a uno interpuso en su camino.

Resignarse a volverse viejo es como decretar que vivir ya se ha cumplido con tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro; si así fuera yo habría muerto ya a los 35 años. En cambio hoy estoy haciendo todo aquello que postergué necesariamente en mi juventud, por falta de tiempo o de medios: despreocuparme del futuro, amar libre y desinteresadamente aún cuando no espero amor en retribución, disfrutar del paso de cada uno de los 60 segundos de un minuto apreciando su transcurrir en el silencio, mirar la forma caprichosa de las nubes, observar e intentar asimilar para uno mismo la increíble capacidad de fluir del agua de un arroyo, reactivar el uso de muchas áreas dormidas del cerebro, erradicar los miedos, desapegarme de aquellas cosas que creí que eran vitales para mí…

Despertarme con la luz del sol a la mañana y felicitarme pensando: ¿Otro día más? Qué bien, perfecto, a aprovecharlo al máximo, a obtener de él el superlativo provecho y bienestar, a hacer las cosas que me gusta hacer, a comenzar nuevos quehaceres sin tener la preocupación de la frustración si no se logra terminarlos.

Por eso, estoy convencido que se cumple aquello de “Dime la mentalidad que tienes y te diré la edad en la que te encuentras”. Eso es lo que determinará si uno ha comprendido la clase de libertad que puede conseguirse en sentirse joven a cualquier edad.

El Sendero Del Ser. Bendiciones. Leo

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