¿ENAMORARSE DESPUÉS DE LOS 50?

Hay un chiste rondando por allí que dice que el fracaso en la pareja se debe a que “ella pensó que él iba a cambiar y él pensó que ella no iba a cambiar”. Esto nace de la sabiduría popular y de la observación atenta de la gente sobre las condiciones que echan a perder una relación.

Así como fue planteado hace años en el libro de John Gray “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” hay algunos motivos sutiles que auspician o perjudican la relación entre ambos sexos, la que hoy se ha vuelto aún más compleja e inestable debido a la incomprensión mutua, la que ha resultado ser el peor enemigo de la pareja.

Tanto mujeres como hombres adultos parecen hoy estar más alertados y renuentes a establecer una relación firme, y más aún a medida que aumenta su edad. Muchos, para dar un ejemplo parabólico, desean tener una mascota, pero ya no están dispuestos a sacarla a pasear, mantenerla limpia, razonablemente atendida y bien alimentada.

O tal vez se entienda mejor con la frase que acostumbro decir: “comerse el postre sin haberse tomado la sopa”.

Por supuesto en ese distanciamiento actual tiene que ver el sentimiento de frustración que se ha ido reforzando con el tiempo en cada uno a través de desencantos y de lo que han entendido como “fracasos” en lugar de experiencias.

La razón fundamental es que la mujer y el hombre, sienten y piensan distinto, y aún cuando el otro cree que está entendiendo y se está haciendo entender, no resulta tan entendible si no se toman ciertas precauciones porque ambos géneros hablan idiomas diferentes: el marciano y el venusino.

Los problemas generalmente surgen cuando ambos, o uno de los dos pretende que el otro responda tal cual como él/ella espera, a un estímulo que él/ella piensa que seguramente agradará al otro en lugar de afectarlo; allí generalmente surge el primer conflicto.

La mujer no entiende cómo es que el hombre no comprende su lenguaje, para ella su idioma es muy claro, y hay cosas que ella necesita, que implícitamente deberían ser entendidas; el hombre no comprende esa forma tan caprichosa e indirecta de “no decir las cosas” en lugar de ponerlas sobre la mesa a la vista para que se puedan entender claramente.

Para el hombre, por ejemplo, el “si” o el “no” de una mujer, muchas veces es un “so” o un “ni”, es decir, otro idioma. Esto tiene sentido: Venus rige la armonía, la sutileza, el acuerdo, el equilibrio, la conciliación, el complemento; Marte rige la acción directa, el acontecimiento inmediato, la decisión instantánea, la claridad, la simplicidad, la ejecución.

Sin quererlo y sin saberlo, ellos comienzan a lastimarse por incomprensión, en esto nada tiene que ver la profundidad del amor que compartan, y eso se debe a que hablan idiomas distintos y su forma de comunicarse no es del todo compatible, sino más bien, diferente. Y eso lleva a desencuentros que muchas veces son innecesarios pero incomprensiblemente importantes que determinan el fin de la relación.

Por lo general, uno de los géneros tiende a pensar que el otro necesita lo mismo que él, de la misma forma que él y que comprenderá y aceptará el tema de la misma forma que él; ambos pueden llegar a pensar que es válido el concepto de “tratar al otro como quieres que el otro te trate”, pero no tiene nada que ver, no es así.

Si quieres que te entiendan correctamente, no deberías hablar en tu idioma sino en el idioma del otro. Es como la amistad entre un perro y un gato; pueden sentir gran afecto uno por el otro, pero las mismas cosas que al perro le agradan, posiblemente al gato lo enfadan, y viceversa. Al perro le encanta saltar para atrapar su comida, el gato prefiere que se la sirvan mientras está estirado en el sofá.

Sus necesidades son distintas, y la clave está en entender claramente “las instrucciones de uso del manual” antes de poner en funcionamiento al equipo. Y esto, obviamente resulta aún más difícil cuando el equipo ya tiene buen uso y lógicamente presenta algunas mañas para funcionar, es decir, por ejemplo, después de los 50.

En esa edad aproximadamente, alrededor de los 49 años, todas las personas pasan por cambios importantes que muchas veces ni ellas mismas comprenden ni aceptan. A efectos de mayor detalle, remito a quien lee, al artículo de mi blog:

¿SABES LO QUE NOS PASA A LOS 49 AÑOS?

http://www.elsenderodelser.com/2015/11/19/sabes-lo-que-nos-pasa-a-los-49-anos/

En esto radica uno de los secretos que tienden a estropear la relación: la intención de cambiar al otro en lugar de aceptarlo como es.

Muchas veces esta situación está movilizada por amor y por el deseo de “ayudar a que el otro sea mejor” siendo que muy probablemente ese otro actualmente está muy conforme como es, y toda sugerencia de cambio será interpretada como que su pareja no está a gusto y no confía en él/ella.

Esto no se entenderá como que proviene de una buena intención sino, por el contrario, resultará molesto y estimulará más al rechazo y a la negación que a la bienvenida.

Normalmente, la mujer, en su deseo de perfeccionar la relación, piensa: “Ay, qué lástima, si él hiciera de este modo en lugar de aquel otro… si él fuera así en lugar de asá… oh, él sería el hombre perfecto si corrigiera…”

Y así se insinúa como agente de cambio de forma sutil al principio, pero como el hombre normalmente no suele manejarse con sutilezas, no parece darse por enterado y ella entonces se ve obligada por su afán, a insistir de un modo más perceptible y que ya no pueda ser ignorado.

Muchas veces el hombre sigue sin recibir el mensaje, con su mente ocupada en su vida diaria, la que él considera como “una lucha” en lugar de disfrutarla, aceptarla, darle la bienvenida y tomarla como lo que es: una aventura que merece ser vivida, con confianza y esperanza.

A medida que pasa el tiempo, él se reafirma en esta conducta luchadora; considera que si él no domina las condiciones del mundo, el mundo lo devorará y con ello, a todo su grupo familiar, afectos e intereses, y por lo tanto, dedica todas sus energías a “esa lucha” que para él se ve como vital y primordial.

Cuando retorna a casa, con la convicción de que “ya ha cumplido con este día”, inevitablemente llega “cansado de luchar” y espera encontrar un oasis donde relajarse, donde pueda dejar de estar en guardia, pero comprueba que allí debe cambiarse el uniforme de lucha y colocarse otro porque su mujer comienza a replantearle “insignificancias” que él ni hoy ni mañana tiene ganas de considerar.

El error está en el hombre al creer que en el mundo, él está luchando por su supervivencia, en lugar de aprender a fluir con las circunstancias y sacar el provecho que cada de una de ellas trae consigo para que él lo coseche.

Pero también está en la mujer cuando ella no comprende que eso lo agota y consume toda su paciencia y buena voluntad, mientras que lo espera de regreso cuando llegue a casa para plantearle tal o cual tema, que alertará los mecanismos defensivos masculinos, e indefectiblemente lo fastidiará.

En tales condiciones, al hombre le resulta inaceptable que su mujer, lejos de recibirlo como un triunfador, como el héroe que ha batallado contra viento y marea, no bien él reaparezca, ella comience su trabajo de demolición de viejas estructuras apareciendo con nuevos planteos y situaciones que él no está en condiciones ahora de ayudar a resolver, y que para su punto de vista “son pavadas y caprichos femeninos”.

Esta recepción de ella con sus nuevas propuestas, al hombre le cae como que ella no confía en su manera actual de llevar adelante las cosas, dado que quiere hacer cambios en lo que para él está muy claro que “si esto sigue andando… ¿Para qué cambiar?”.

Esto lo desconcierta, le desagrada y lo predispone en contra, dado que en lugar de la retribución que esperaba al regresar a encontrarse con su pareja, recibe lo que entiende como “nuevos problemas innecesarios a resolver”.

La  mujer no se da cuenta que él busca su aprobación, y en cambio le llega lo que él entiende como su crítica; él se siente muy infeliz si percibe que ella no se encuentra a gusto y más si ella lo expresa como disconformidad, porque su mejor intención es brindarle a ella, seguridad y bienestar.

Pero ella quiere “mejorarlo”; él lo entiende como que ella lo disminuye, dando por descontado que así, ella no lo acepta y no le gusta como es él a pesar de que ha dejado todos sus esfuerzos en la calle, por lo tanto, “se le ha pasado el enamoramiento y ya no lo ama como antes”.

El hombre regresa a casa contento desde su trabajo, donde su jefe le ha palmeado la espalda y él ha entendido “Adelante, sigue así, está todo bien” y su mujer lo recibe de una forma que él entiende como “Alto, así no se puede seguir, está todo mal”; esto es un baldazo de agua fría que primero lo desconcierta, y más tarde, en posteriores ocasiones, lo enojará.

Insisto: el hombre habiendo hecho su mejor intento, llega a casa a buscar afecto, pero si toma conciencia de que ella le cuestiona, entonces siente que no lo quiere como él es, lo desvaloriza, le señala los errores, le hace daño a su ego.

A la mujer puede que le resulte más fácil cambiar, porque ella es más móvil, en cambio al hombre le es más difícil, porque piensa que su fuerza reside justamente en la firmeza de su estructura.

A partir de este momento en que él percibe la inducción al cambio de parte de ella, puede que se ponga en guardia y comience a observar y llevar la cuenta de los disgustos de ella; entonces le surge “la brillante idea” de explicarle que ella no debe preocuparse, que está todo bien, que tenga confianza, que no puede manejarse de otra manera y que todo va a salir exitosamente bien. Pero puede que ya no se sienta amado y reconocido porque sospecha que ella ya no confía en él.

La mujer no comprende que este aspecto es muy importante para un hombre; él necesita tener la certeza de que sus mejores esfuerzos serán reconocidos. Desde la caverna, él salía en busca de comida necesitando el apoyo moral de la mujer, y se sentía muy satisfecho y orgulloso de sí mismo cuando podía regresar a “casa” con la comida al hombro para alimentar su familia. Tal vez debió arriesgar su vida para cazar esa pieza, y por lo tanto, consideró lógicamente que al regresar, eso merecía aprecio y admiración.

Después de todo, normalmente una mujer es quien lo ha criado y ha aplaudido sus avances y mejoras desde bebé hasta hacerse adulto; claramente la sonrisa de mamá es el premio que justifica cualquier esfuerzo y riesgo.

En muchas otras especies el macho se pavonea delante de la hembra para conquistarla, o bien, ha construído el nido más cálido y confortable que ha podido, o ha luchado con uñas y dientes para demostrar que es el mejor y el más fuerte, y que en él se puede (y se debe) confiar. En todos los casos, él busca reconocimiento, y si no siente que lo obtiene, es como que debe seguir volando con un solo motor, cuando antes tenía dos.

Todo esto se viene abajo con dos simples y breves palabras, cuando la mujer sugiere: “Sí, pero…”. En primera instancia, ésto será entendido como desaprobación, y él comenzará a sentir como que no la satisface, y eso significa una amenaza para su forma de ver la relación. Se da cuenta de que esa preocupación le afecta en su rendimiento en su trabajo, y entonces comienza a transitar en un círculo vicioso descendente que terminará en desastre.

Muchos hombres necesitan del apoyo de la mujer y la intervención de ella como respaldo para avanzar; logran muchas cosas porque están acompañados. La otra clase de hombres, demasiado sensibles a los problemas familiares, se desentienden del tema porque notan que estando solos, sus asuntos personales y económicos avanzan viento en popa porque no hay una ELLA de por medio.

Es muy importante que la mujer perciba rápidamente con qué clase de hombre está tratando, y proceda en consecuencia en la forma apropiada. La mujer es más sensible a ello, a captar, a intuir, y por eso, en esto, la responsabilidad es de ella; si no se siente a la altura de lo que se le requiere, es mejor dejar de lado la relación.

Sin embargo, por el otro lado, tal vez la mujer está conforme, pero en su afán de perfeccionismo y aún en la intención amorosa de ayudar a crecer a su hombre, le muestra una señal que seguramente será interpretada por él de la peor manera posible.

Ni hablar si la autoestima del hombre no se ha reafirmado apropiadamente; esto puede representar un golpe mortal para su ego, y por lo tanto, para la relación. Ella quiere que todo mejore, él se esfuerza en dar lo mejor, el amor está aún presente… pero la falta de entendimiento entre ellos comienza a descascarar la relación.

También el hombre comete errores, como ser no tener en cuenta lo importante que es para ella la comunicación, el sentirse respetada, amada, comprendida, como que tiene su lugar. Sigo insistiendo, esto no significa un problema en el tema del amor, pero sí deteriora la relación y al final, terminará con el amor si no es debidamente comprendido por ambas partes.

Al hombre lo sofoca y le agota la insistencia y las pretensiones de la mujer, y es lo que normalmente él calificará como “gataflorismo”, llegando inclusive a la conclusión de que haga lo que haga, nunca la dejará conforme; entonces… ¿Para qué seguir transpirando la camiseta? ¿Para qué seguir preocupándose? ¿Para qué seguir soportando?

Cuando esta situación se reitera en su vida, el hombre comienza a decirle a sus amigos “las mujeres son todas locas” y tal así es como las toma, pero por supuesto, ni hablar de asumir compromiso alguno: concluye que lo mejor es comerse el postre pero… sin tomar la sopa.

¿Hay lugar a esta altura de enamorarse? Para la mayoría de los hombres no; ya no creen en los Reyes Magos y las realidades que han vivido les indican que es mejor manejar este asunto con los guantes adecuados. Y mirado desde su punto de vista, tienen razón.

Por lo general esta situación, para él, tiene dos posibles respuestas: o bien él no le dará mayor importancia y decidirá ignorar y no hacer caso de las señales de su mujer, dado que no las entiende ni tampoco le agrada su conducta, manteniéndose distanciado de ella…

O tal vez sentirá que el asunto se sale de su control, le afectará porque le da demasiada importancia, se sentirá incapaz de solucionar el problema y decidirá que el tema es más que complejo para él y que además, cualquier solución posible será indefectiblemente apelada o rechazada.

Esto se agudiza con los años y ambos sexos van acumulando experiencias negativas en este sentido, de forma que es muy común escuchar que ellas digan “los hombres son todos cortados por la misma tijera” y que entretanto ellos comenten entre ellos “a ellas no hay p… que les venga bien” (palabras textuales).

En conclusión, ambos sexos, los marcianos y las venusinas, no sólo cada vez se entienden menos sino que ya de entrada cuando se conocen, sus historias y sus prejuicios individuales pueden más que la atracción que pueda despertarse a primera vista.

Y ni hablar del peso que adquiere esto cuando ambos ya han pasado la mitad de la centuria. Del mismo modo que el hombre no se siente reconocido y amado como ya se explicó, la mujer tampoco se siente comprendida y amada cuando él no le muestra la atención o el interés que ella considera que merece.

Por ejemplo, tal vez ella estuvo toda la mañana para lograr una nueva receta y cuando en el almuerzo ella le pregunta su parecer, dado que él no parece darse cuenta de que hay algo nuevo sobre la mesa, él simplemente es posible que sólo responda: “Está bueno”.

Pero cuando ella arrugue la nariz ante este comentario, él se dará cuenta de su error y querrá explicar que si en la comida algo estuviera mal, él no dudaría en decírselo y que mientras él no desapruebe, ella no tiene que preocuparse para nada (típica conducta masculina). Ésto será para ella como un balde de agua helada sobre su cabeza, empeorando la situación.

Entonces ella intentará sugerirle, pero él no entenderá y le reclamará: “¿Por qué no me hablas claro y directamente, así puedo entenderte? Dilo de una vez y ya está, lo corregiré”. Pero de esta forma a ella no le sirve; ella necesita que él se dé cuenta de por sí, y en lugar de expresarse de la forma directa que él pretende, callará compungida.

En tal situación, ella se sentirá poco amada, porque ve claramente que no es comprendida. El hombre la está forzando, de ese modo, a comportarse en contra de su naturaleza femenina, y ella sentirá un nudo en la garganta que no le permitirá hablar, lo que será entendido por él como que ella está encaprichada. Otro nuevo desencuentro, y contando…

El hombre suele tener en la vida diaria, muchas cuestiones para él muy importantes que resolver, lo que no le permite comprender que ella también debe hacer malabares desde su lado, y además de eso, que ella tiene la enorme tarea de hacerse cargo de sus emociones y de sus inseguridades.

Esto a ella la desespera y no puede evitar que sus emociones y sus sentimientos afloren justo en el momento menos apropiado, siguiendo la Ley de Murphy; él, lejos de contenerla, intentará tranquilizarla al modo masculino: le dirá que no se haga tantos problemas, que en la vida hay cosas mucho más importantes que una lágrima o un mal momento, sin tomar conciencia de lo importante que el suceso ha sido para ella.

Allí él está desestimando los sentimientos de ella y eso hará que ella no se sienta amada y respetada como necesita sentir que lo es. Posiblemente la lucha diaria del hombre en la calle, en su trabajo, la feroz competencia y la animosidad del sistema, le hará enducerer sus emociones y no le permitirá sopesar adecuadamente las luchas externas e internas de su mujer.

Y entonces él buscará explicarle y ofrecerle soluciones prácticas que a ella en ese momento no le interesan porque está concentrada en su sentir, en sus sentimientos, en sus emociones. Ella quiere ser escuchada y no aconsejada; ella se siente capaz de encontrar sus propias soluciones, no le está pidiendo que él se las ofrezca según su punto de vista masculino, sólo le pide que la entienda y que la acepte.

Dado que el hombre, desde la caverna, considera que debe ser responsable y solucionar sus problemas por sí mismo, él no comprende que con sólo escucharla, le permite a ella encontrar y manejar sus propios mecanismos de solución; que su utilidad como compañero reside en contenerla más que en guiarla, y en tratar de comprenderla, no en expresarle como él solucionaría el asunto.

Él es de Marte, ella es de Venus. Por eso se atraen y a la vez, se rechazan.

En mi consultorio, observo muy a menudo que la consultante mujer abona la consulta más para ser escuchada que para escuchar; entonces, dejo que se exprese mientras confirmo lo que me dice según voy comparando mientras analizo su Carta Natal, y cuando ella ya manifestó sus preocupaciones y se relajó, entonces recién me decido a sugerirle las razones, los porqués y los cómo obtener mejores resultados. Ella escuchará en silencio, pero luego ella encontrará sus propias soluciones.

El mecanismo del hombre es distinto: él plantea sus problemas de entrada y busca respuestas y sobre todo información, orientaciones que le permitan luego tomar una decisión; él apreciará que se le brinden. Él habló con un hombre, confía porque habla en su mismo idioma. Aunque no sabe que cuando la consultante es mujer, yo debo hablar en el otro idioma.

Por otro lado, el hombre no termina de comprender que la seguridad es un aspecto muy importante para la mujer; ella necesita permanentemente sentirse segura porque se hace responsable a sí misma por llevar adelante el hogar y la crianza de los niños, pero además, si no recibe los halagos masculinos, su autoestima se viene abajo.

El pensar que sus hijos habrán de pasar necesidades es una cuestión de mucho peso para ella, pero para el hombre en ese momento quizás sea más importante sobrevivir, conservar su trabajo, su puesto, conseguir una mejor categoría, subir un escalón que lo haga respetarse más a sí mismo y así ser más digno de reconocimiento.

Él lo hace por él y por su grupo; pero es conciente de que si su ego no se lo permite, no podrá luchar apropiadamente, y por supuesto, esto repercutirá en su familia. Si él no consigue triunfos que le den autovaloración, él no se sentirá digno de reconocimiento; y eso, es una estocada mortal para su ego y su autoestima. Hay hombres que cuando su economía no funciona, no buscan la compañía de la mujer porque no se sienten merecedores de recibir ninguna clase de afecto.

Ella, en cambio, lo hace simplemente por su familia porque está en sus genes femeninos la comprensión de que la supervivencia de la especie radica en la familia.

Por lo tanto, la mujer siempre está expuesta a la inseguridad, y por eso necesita asimismo permanentes y constantes muestras de que está siendo respetada, valorada y amada. Ella necesita verlo en hechos, pero también escucharlo de labios de él, aún cuando en ocasiones ella sepa que lo que él diga no es tan cierto.

No confundamos; el hecho de ser tan sensible a la inseguridad que sienta la mujer y ésa sea su preocupación, no implica que ella sea más débil y que no pueda salir a la calle a buscar el sustento si es necesario, y más si tiene hijos que cuidar, ella lo hará, sin los pruritos del hombre.

Cuando una mujer queda sin trabajo no pierde tiempo en deprimirse, ni lamentarse ni encerrarse como si fuera un hombre y estuviera en juego su autoestima y su ego; ella no se siente menos por eso y sale de inmediato a buscar otro trabajo, y generalmente, por eso mismo, es que suele encontrarlo.

El hombre necesita ver claramente todas las cartas sobre la mesa para estudiar el problema y su solución; la mujer sale a buscar soluciones. Sin embargo, ella necesita pruebas y reafirmaciones constantes de parte de él, a las que él probablemente responda: “Si ya sabes que te quiero… ¿Todos los días debo decírtelo o demostrártelo?” dando por sentado que las cosas son todos los días de las misma manera que ayer, sin comprender que hoy su mujer no es la misma que ayer.

Por esto mismo es que él agregará según su lógica: “Si no te quisiera no estaría casado o en pareja contigo” sin tener en cuenta que con sólo un momento y un gesto dedicado expresamente a ella, cada día, ella se sentirá elegida como la reina de la casa y estará más propensa a compensar a su rey.

Entonces, cabe la pregunta: ¿Quién es “el sexo débil”? Aquellos que hayan comprendido y discernido correctamente este escrito, responderán con precisión.

Bien, finalmente, una reflexión: a medida que pasan los años, hay personas que lograrán descubrir estos simples detalles y aprenderán a ponerlos en práctica a favor de la pareja y de sí mismas, así como otras se declararán cansadas de luchar siempre contra lo mismo y terminarán generalizando como que “todos/as son iguales” porque no comprenden su propia idiosincrasia ni tampoco la del otro sexo.

Tener en cuenta estas situaciones y aceptarlas, entre marcianos y venusinas, hace que perdure el amor de la pareja, lo que es mucho más importante y va bastante más lejos que sólo enamorarse después de los 50.

El Sendero Del Ser. Bendiciones. Leo

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One thought on “¿ENAMORARSE DESPUÉS DE LOS 50?

  • Marzo 20, 2017 at 1:06 pm
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    Muy bueno el articulo.

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